"En salud, el riesgo cero, no existe. Ahora bien, en nuestra casa, disponemos de un sistema sanitario preparado para asumir esta situación"
02.03.2020

La actualidad puede hacer cambiar algunas de las respuestas de la Dra. Sánchez, aunque ella es optimista sobre el control del virus por parte del sistema sanitario.

La Dra. Emilia Sánchez se doctoró en Medicina en la UB y se especializó en salud pública en la Universidad de California. En el transcurso de su vida profesional ha dirigido varios programas de prevención, planificación en salud, metodología de la investigación y evaluación de sistemas y servicios sanitarios y ha participado en numerosos proyectos de investigación vinculados a la salud pública, la prevención de la transmisión del VIH de madres a hijos y en la incontinencia urinaria, entre otros. Tiene una trayectoria profesional muy reconocida en el ámbito de la salud pública. Es autora de más de cien artículos publicados en revistas indexadas nacionales e internacionales y de diferentes capítulos de libros. Desde el curso 2005-2006 imparte la asignatura de Salud Pública en la Facultad de Ciencias de la Salud, de la que fue vicedecana de Postgrado, Investigación y Relaciones Internacionales entre los años 2010 y 2016.

Cerramos esta entrevista en fecha lunes 2 de marzo de 2020. La actualidad puede hacer cambiar algunas de las respuestas de la Dra. Sánchez, aunque ella es optimista sobre el control del virus por parte del sistema sanitario.

El miedo hace más daño que el coronavirus. ¿Debemos estar preocupados?
Lo que hay que tener muy claro, no con esta epidemia, sino con cualquier otro problema de salud, es que el riesgo cero no existe. La realidad es que, muchas veces, asumimos un riesgo a cambio de obtener un beneficio, porque todas las actividades tienen riesgos. Por ejemplo, viajar en transporte público conlleva un riesgo, pero nosotros sabemos que el beneficio lo supera con creces y, por eso, elegimos ir en transporte público o subir en un avión. Con las enfermedades infecciosas es exactamente igual. En salud, la ausencia de riesgo, el cero, no existe y, por tanto, la probabilidad de que se produzca la enfermedad siempre está. Ahora bien, en nuestro entorno ahora mismo disponemos de un sistema sanitario que está preparado para asumirlo.

¿Se ha visto el miedo?
En nuestro país, el miedo se vio con la suspensión del Mobile World Congress. Creo que la manera que actuaron las grandes multinacionales declinando su asistencia fue por miedo a que pasara cualquier cosa y tuvieran que afrontar consecuencias, no sólo sanitarias, sino también legales.

¿Más que por el miedo a un contagio masivo?
Riesgo para la salud no había en ese momento. Y, de hecho, la OMS no cerró fronteras, porque no está claro que actuando de esta manera se reduzca la propagación de la epidemia.

¿Si hay un contagio significa que hay riesgo de muerte?
Bueno, esta infección no es necesariamente mortal. De hecho, la medida que se utiliza para indicar la gravedad de una infección como ésta se llama letalidad, es decir, el número de infectados que mueren como consecuencia de este problema de salud. Las cifras que hay sobre el coronavirus están alrededor del 2% mientras que las epidemias de gripe que tenemos en casa pueden tener un 10% de letalidad perfectamente.

¿En estos momentos es más grave la epidemia de gripe?
Aún no se ha declarado la epidemia de gripe. Estamos en una fase de pre-epidemia o fase epidémica muy inicial, en estos momentos. De todos modos, la letalidad de la gripe es más alta

En cualquier caso, en nuestro país, es más grave que el coronavirus en estos momentos.
Los casos que ha habido hasta ahora en España se han resuelto favorablemente. Por ejemplo, el paciente que había en Baleares estuvo conviviendo con su familia, que también estuvo en aislamiento y no se contagiaron. Lo que sí sabemos es que se trata de un virus que se transmite fácilmente, probablemente más que otros. Pero, su gravedad no está en la transmisibilidad. Era más grave el SARS, la epidemia que hubo de otro coronavirus en 2003.

Y ¿por qué en China ha habido tantos muertos?
Es un virus nuevo. No había experiencia con este virus y esto significa más susceptibilidad. Es de una familia conocida, los virus de los resfriados son coronavirus, pero este en concreto, el COVID-19, es un virus del que no se tenía conocimiento. El contagio se hubiera podido reducir si la gente hubiera sestado más informada. Las personas que han muerto, en su mayoría, sufrían otros problemas de salud. Seguramente eran personas mayores que presentaban otras enfermedades, comorbilidades que hacían que fueran más débiles. Pero también hay muchas personas que lo han superado. Hay muchos infectados, lo que significa que el virus se ha transmitido con mucha facilidad, pero, afortunadamente, muy pocos han muerto. Es una infección que conlleva poca gravedad.

¿Se ha actuado tarde?
Pues probablemente, porque ahora se ha sabido que, en el momento en el que lo hicieron oficial, ya hacía quince días que las autoridades chinas lo sabían. Durante estos quince días habían pasado muchas cosas y no se habían compartido. Quizá no se había alertado convenientemente ni a los profesionales sanitarios, ni obviamente a la población, para explicarles las medidas higiénicas mínimas. Este es un tema de higiene, y funciona para todos los virus. Hay que explicar a la población que, si se tiene fiebre, es necesario quedarse en casa o que, si uno no está en buenas condiciones, no debe salir a la calle, que hay que cubrirse la boca al toser o estornudar, que hay que lavarse las manos, etc. Pero no sólo para protegerse del coronavirus, es un tema de higiene general también frente a otros virus o bacterias que conocemos, para los que puedan venir y de los que aún no sabemos nada. Las medidas siguen siendo las mismas, así como el aislamiento, si es necesario. En China la situación es muy diferente que aquí. El coronavirus que se ha identificado como COVID-19 comparte mucha genética con un coronavirus que tienen los murciélagos. Se parecen muchísimo. La teoría es que ha pasado del murciélago al humano. Y probablemente ha pasado a través de un huésped intermedio.

Alguien me dijo que la higiene ha salvado más vidas que los medicamentos.
Sí. Sin lugar a dudas. Es que el hecho de tener, por ejemplo, acceso a agua corriente o a comida saludable hace que las personas mantengan su nivel de salud y ésta no esté amenazada.

¿Usted es especialista en salud pública. De qué hablamos cuando hablamos de salud pública? ¿Qué saben ustedes que no sabemos los demás?
Yo creo que sabemos casi las mismas cosas que saben los demás pero que, en determinadas circunstancias, tenemos la capacidad de poner en acción lo que llamamos salud pública, es decir, todos los mecanismos de los que la sociedad dispone para que se garantice y se proteja su salud. El calificativo pública proviene del adjetivo público en inglés, que significa "de la población". Por lo tanto, salud de la población. Y si esta salud se daña por cualquier motivo, pues se debe intentar restaurarla. Pero lo que es prioritario es protegerla. Mejor prevenir que curar.

¿Qué estudian?
Yo la he visto siempre como una especialidad bastante diversa que mucha gente identifica con la medicina; mucha gente asume que los profesionales que la practican son médicos, pero no siempre es así. En el campo de la salud pública hay muchos profesionales que vienen del mundo de las ciencias de la salud y de la vida -biólogos, farmacéuticos, enfermeras, nutricionistas, veterinarios-, pero también arquitectos, por ejemplo. Un edificio bien pensado contribuye a que la salud de las personas que viven sea mejor, porque la salud es el resultado de muchísimas dimensiones de nuestra vida, de muchos factores que intervienen. Y cuando se pierde o se daña, se busca el profesional que la sepa restablecer. Pero lo que es importante es tener controlados todos los aspectos que pueden conllevar la pérdida de la salud. Por eso hay muchísima gente que se dedica a ello y desde ámbitos muy diferentes.

¿Vivimos demasiado obsesionados por la salud en estos momentos? Recibimos miles de mensajes...
Lo que pasa es que vivimos en un mundo que está marcado por el acceso y el exceso de la información. Hacer promoción de la salud es positivo. Pero esto no deja de ser hacer propaganda. La salud es un bien que tenemos y que debemos cuidar. Este es un gran mensaje para difundir. Otra cosa es querer comerciar o informar utilizando estos mismos valores para promocionar determinados productos o ideas que no son saludables o no tienen una base científica.

¿Cómo califica la labor de la salud pública en nuestro país?
El hecho de que tengamos un sistema sanitario público y universal ayuda muchísimo porque esto proporciona una coordinación que, si estuviera fragmentada, sería imposible de controlar. La salud pública requiere mensajes unitarios, coherencia en la manera de tratar los problemas y transparencia en la gestión; los mensajes no necesariamente deben proceder del mismo organismo, pero no deben ser contradictorios. La población, que es la beneficiaria de esta actuación, no lo admitiría, se preguntaría qué pasa o dudaría. Esta es la situación que hemos vivido cuando ha habido alguna crisis de salud pública como la de las vacunas. Cuando tenemos un mensaje que nos viene desde salud pública, se nos dice cómo se deben hacer las cosas y cuándo. Hay grupos que lo discuten o lo niegan, que dicen que hay negocios detrás o que hay intereses. Los mensajes siempre deben ser muy firmes y unitarios, vengan de un director general de salud pública, del médico de cabecera, de una enfermera, etc.

En el caso de los detractores de las vacunas, ¿ha hecho daño esta postura? ¿Cómo se pueden combatir ciertos mensajes que, en algunas ocasiones, son poco científicos?
Estos grupos están en contra de determinadas directrices de salud pública que se ha demostrado que son eficientes. Las vacunas han salvado muchas vidas. Obviamente, volvemos a lo de antes, el riesgo cero no existe y es cierto que se conocen algunos efectos adversos y no deseados, de las vacunas, pero... Hay corrientes o modas que hacen esta tarea de minar actuaciones que durante muchos años han funcionado y que nos han llevado al nivel de salud que tenemos hoy en día.

Los científicos, ¿cómo viven estos mensajes?
Nosotros siempre decimos que cualquier acción que se lleve a cabo, sea individual como del ámbito de la salud pública, es decir, para toda la población-, debe tener un fundamento científico, debe estar basada en la evidencia. Cuando está probado que una intervención va bien, es cuando sale adelante y se pone al alcance de las personas que se pueden beneficiar. Cuando no se conoce suficientemente, se hacen los estudios que haga falta hasta que se llegue a este punto. Ahora, se está trabajando en la vacuna del coronavirus y cuando la tengamos, no se vacunará a todos, obviamente, porque primero se tendrá que probar, ver qué pros y contras hay; cuando se conozca la eficacia, se decidirá si esta vacuna debe ser de utilización general o sólo para determinadas personas. Así pues, debe haber el apoyo de un trabajo científico detrás antes de que llegue a la población. Esto, a veces, cuesta mucho de entender. La gente se pregunta: si aislaron el virus en una semana, ¿cómo es que no hay todavía tratamiento ?, ¿cómo es que nos dicen que todavía tardarán dieciocho meses en tener la vacuna? Hay que estar muy seguro de que no hará más daño que bien.

La acupuntura, la homeopatía... ¿Por qué la gente confía en estas terapias?
Porque existe el efecto placebo. Hace unos años se publicó un trabajo que decía que el efecto de la acupuntura no era diferente del efecto placebo. Hay gente que se siente a gusto con estas terapias y esto les reduce el malestar y se encuentran mejor.

Ahora tenemos acceso a todo tipo de información y cualquier persona que sale del médico se va en Google. ¿Qué puede provocar esto? ¿Es peligroso?
No hay que considerar que sea un peligro ni se puede vetar. Debemos explicar cómo gestionar la información para que las personas puedan distinguir. La solución es la educación. Con el tema de la salud, y ahora con el coronavirus, debemos hacer educación. Cuando recomendamos lavarse las manos, no se trata sólo de explicar el procedimiento sino de decir por qué es importante hacerlo. Tal vez los profesionales de la salud pública no hemos sabido transmitir los mensajes. Diría que a menudo, más que enviar mensajes damos órdenes: "Come cinco piezas de fruta al día", "Sube escaleras", "No tengas relaciones sexuales desprotegidas", "No fumes", etc. Pienso que dar órdenes no es la mejor manera de transmitir estos mensajes positivos. Esto me preocupa bastante. La recepción de una orden no siempre es la mejor manera que aquel mensaje aterrice y la gente lo asuma como propio. Quizás alguien del mundo de la comunicación nos podría ayudar a hacerlo mejor.

Ha hecho cooperación y sigue haciendo cooperación internacional en países como Cuba, México, India. ¿Qué le ha aportado?
Es una de las cosas más satisfactorias que he hecho, no sólo desde un punto de vista personal, porque conocer otras realidades es fantástico, sino por lo que te ofrece la gente, el país, la cultura, la naturaleza... Todo eso no lo puedes adquirir de otra manera por muchos libros que leas o documentales que visiones. Pero hay que entender muy bien que tú vas a ayudar, a dar o compartir tu tiempo, tu conocimiento o tus habilidades. Lo que no se puede pretender, o lo que uno no tiene que pensar más, es que aquella situación cambiará porque tú has ido. Lo más reconfortante, para mí, es ir a ayudar a implantar un programa (de salud, en mi caso) y que, al cabo de diez años, funcione fantásticamente bien sin ningún cooperante experto, porque la gente del país se lo ha hecho suyo.

Ha ido muchos años a la India con la Fundación Vicente Ferrer.
Sí, hace muchos años que empezamos a trabajar junto con el Hospital de San Juan de Dios y el Hospital Clínico en temas relacionados con la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Concretamente colaboré en la prevención de la transmisión del virus de madres a hijos. Había muchas mujeres infectadas y sus bebés se infectaban. Ahora, por suerte, esto ha cambiado absolutamente. Se identifica las mujeres gestantes infectadas, se les administra un tratamiento durante el embarazo y en el momento del parto, y también a los bebés. Es el mismo protocolo que se sigue aquí o en cualquier país del mundo que pueda tener acceso a estos tratamientos farmacológicos. En los casos que hay niños infectados, como están identificadas las madres y los niños, también se puede administrar el tratamiento de manera precoz. Hoy día, en los lugares en los que se tiene accesibilidad a los tratamientos, las personas infectadas conviven con esta infección como si fuera otra enfermedad crónica y, de hecho, en nuestro país, tienen la misma esperanza de vida que una persona que no esté infectada. Pero esto no significa que la infección se haya terminado. Desgraciadamente, continúa y, de hecho, a diario, tenemos nuevos casos porque mucha gente no sigue las medidas preventivas.